Deborah Mejías D.1, Maximiliano Zamora H.2
Recibido: 2025-08-26
Aceptado: 2025-09-24
©2026 El(los) Autor(es) – Esta publicación es Órgano oficial de la Sociedad de Anestesiología de Chile
Revista Chilena de Anestesia Vol. 55 Núm. 2 |https://doi.org/10.25237/revchilanestv55n2-02
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Halogenated anesthetic gases and their carbon footprint: The latest evidence and challenges for reducing their environmental impact
Abstract
The healthcare sector contributes significantly to global greenhouse gas emissions, and anesthesia practice is no exception. Halogenated anesthetic gases and nitrous oxide have a high global warming potential (GWP), contributing disproportionately to climate change relative to their use. This review addresses the environmental impact of these gases, methods for quantifying them, and available strategies to mitigate their emissions. Emerging evidence from the Chilean context is also analyzed, where environmental awareness in anesthesia is beginning to gain greater relevance. Finally, courses of action are proposed to advance toward more sustainable anesthesia practice.
Resumen
El sector salud contribuye significativamente a las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), y la práctica anestésica no está exenta de esta realidad. En particular, los gases anestésicos halogenados y el óxido nitroso presentan un elevado potencial de calentamiento global, contribuyendo al cambio climático de manera desproporcionada en relación con su uso. Esta revisión aborda el impacto ambiental de estos gases, los métodos para su cuantificación y las estrategias disponibles para mitigar sus emisiones. Se analiza además la evidencia emergente en el contexto chileno, donde la conciencia ambiental en anestesia comienza a adquirir mayor relevancia. Finalmente, se proponen líneas de acción para avanzar hacia una práctica anestésica más sostenible.
Introducción
El cambio climático se considera la mayor amenaza para la salud humana en el siglo XXI[1]. Desde la Revolución Industrial, la temperatura media global ha aumentado aproximadamente 1,1 °C, y si no se implementan reducciones significativas de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), se proyecta un incremento adicional de entre 2,5 y 2,9 °C para finales de este siglo[2]. En concordancia, julio de 2021 fue registrado como el mes más cálido en 142 años, y el año 2022 experimentó temperaturas no vistas en más de 100.000 años[2].
Los sistemas de salud contribuyen de manera significativa a estas emisiones, contribuyendo en aproximadamente el 4,4% de las emisiones netas mundiales de GEI[3]. La proporción varía según país: Estados Unidos produce cerca de 10% de las GEI[4], Reino Unido aproximadamente 5%[1], Australia 7% y China 2,7%[5].
En Chile, la discusión sobre la huella de carbono y la sustentabilidad en anestesia ha comenzado recientemente, y todavía existe un amplio margen para mejorar la educación, la medición de emisiones y la implementación de prácticas sostenibles en el ámbito clínico. Un artículo publicado en la Revista Chilena de Anestesia reconoce que estamos empezando aprender acerca de sustentabilidad en anestesia, lo que evidencia la necesidad de fortalecer la educación e implementación de este tema a nivel nacional.
En este contexto, los gases anestésicos inhalatorios como el desflurano, sevoflurano e isoflurano son relevantes debido a su elevado potencial de calentamiento global (GWP, por sus siglas en inglés, derivada deGlobal Warming Potential) y su persistencia en la atmósfera. Si bien su impacto ha sido estudiado en países desarrollados, existe escasa literatura sobre su contribución en Latinoamérica y particularmente en nuestro país. El presente trabajo revisa la última evidencia del impacto ambiental de los gases anestésicos halogenados, los métodos para cuantificar sus emisiones, y las estrategias disponibles para reducir su huella de carbono.
Huella de carbono del sector de salud y GWP
La huella de carbono se define como la suma total de emisiones de gases de efecto invernadero directas e indirectas, expresadas en equivalentes de dióxido de carbono (CO2e), generadas por una actividad, organización o producto, y que cuantifican el impacto ambiental asociado[7]. En el ámbito sanitario, las emisiones varían considerablemente según el tipo de procedimiento. Por ejemplo, un procedimiento de anestesia intravenosa puede generar tan solo 0,01 kg CO2e por hora, mientras que un tratamiento anual de hemodiálisis alcanza hasta 10.200 kg CO2e[3].
Los GEI, al acumularse en la atmósfera, intensifican eventos climáticos extremos como olas de calor, inundaciones y sequías, lo que incrementa la mortalidad y morbilidad a nivel global. Alahmad et al., reportan que aproximadamente 9,4% de todas las muertes, equivalente a 5 millones al año, se asocian a temperaturas extremas[7],[8].
Para medir el impacto de los gases, se utiliza el concepto de Potencial de Calentamiento Global (GWP), que compara la capacidad de diferentes gases para atrapar calor en la atmósfera durante un período estándar de 100 años (GWP100), tomando el dióxido de carbono como referencia (GWP = 1)[7].
El Protocolo de Gases de Efecto Invernadero (GHG Protocoi) divide las emisiones de carbono en tres alcances:
En este escenario, los gases anestésicos halogenados, aportan una carga significativa de emisiones directas (alcance 1), al ser liberados mayoritariamente sin metabolización, contribuyendo a la huella de carbono[5].
Contribución de los agentes anestésicos halogenados y óxido nitroso
Los agentes anestésicos halogenados representan una fuente importante de gases de efecto invernadero en los centros hospitalarios. Se estima que estos gases pueden generar más del 45% de las emisiones totales de GEI en algunos hospitales, debido a su liberación directa a la atmósfera tras su uso[4].
El metabolismo de estos agentes en el organismo es mínimo; aproximadamente solo el 5% de los anestésicos por inhalación se metabolizan y eliminan del cuerpo, mientras que el 95% restante es expulsado a través del sistema de barrido de la máquina anestésica y liberado al ambiente[10].
En conjunto, estos gases constituyen una carga ambiental considerable y son responsables de un porcentaje relevante de las emisiones directas hospitalarias.
Estrategias de mitigación global y local
El impacto global de gases de efecto invernadero (GEI) asociados al uso de agentes anestésicos halogenados fue estimado en 2.754 kilotoneladas de CO2 equivalente (ktonCO2e) en 2014, cifra que disminuyó en 27% para alcanzar los 2.005 ktonCO2e en 2023. Dentro de estos, el desflurano representó la mayor parte del impacto, evidenciando una disminución en países de altos ingresos, pero un aumento significativo en países de ingresos medios y bajos. Se ha calculado que la sustitución teórica de desflurano, isoflurano y halotano por sevoflurano podría haber reducido el impacto global en 73% durante el año 2023[11].
Al comparar el impacto de agentes específicos en una anestesia estándar de dos horas, el desflurano genera aproximadamente 239,2 kgCO2e, lo que equivale a un impacto 45,5 veces mayor que el sevoflurano. Por su parte, el isoflurano emite 15,7 kgCO2e, siendo 3,0 veces mayor que el sevoflurano, el cual genera 5,3 kgCO2e en el mismo período[11]. Además, el óxido nitroso (N2O), cuando se utiliza como gas portador para otros anestésicos volátiles, también contribuye significativamente a las emisiones[12].
Particularmente alarmante es el hecho de que la anestesia con desflurano en flujos altos de gas fresco puede tener un impacto climático hasta 200 veces mayor que una anestesia con sevoflurano en flujos bajos[11]. Además, un análisis reciente confirma que el desflurano tiene un GWP ~2590x y que sevoflurano e isoflurano son 24-45 veces menos dañinos por unidad clínica, lo que refuerza la importancia de priorizar agentes de menor impacto[13].
Un consenso global de la Federación Mundial de Sociedades de Anestesiólogos (WFSA) propone medidas centrales para una anestesia ambientalmente sostenible: eliminación progresiva de desflurano, priorización de anestesia regional, optimización de flujos frescos bajos, y fortalecimiento de la educación profesional en sostenibilidad[15].
El modelo neerlandés de descarbonización de la anestesia demostró que la eliminación progresiva de desflurano, junto con el uso sistemático de flujos bajos, puede lograr reducciones significativas en las emisiones sin comprometer la seguridad del paciente[16].
Avances en la reducción de la huella
Diversos estudios han demostrado la efectividad de estrategias institucionales de mitigación. Por ejemplo, la eliminación progresiva del desflurano en un centro médico académico de Estados Unidos generó una reducción del 78% en emisiones de CO2e por paciente entre 2014 y 2022, siendo la elección del agente volátil el principal predictor de las emisiones[17].
Por otro lado, la anestesia total intravenosa (TIVA) con propofol ha sido la estrategia más efectiva en minimizar las emisiones de GEI, produciendo apenas 0,4 kgCO2e por hora, frente a los 3,1 kgCO2e/h del sevoflurano y los 3,8 kgCO2e/h del se- voflurano optimizado manualmente[18]. Sin embargo, no está exenta de impacto, la eliminación inadecuada del propofol y el desecho de equipos de un solo uso en TIVA también generan impacto[12].
La educación también ha sido identificada como un factor crucial. Un estudio demostró que la capacitación a anestesiólogos logró una reducción del 50% en el uso de desflurano, disminuyendo las emisiones de CO2e de 185,6 ± 231,2 kg a 126,5 ± 186,7 kg por cirugía[10].
Tecnologías de captura de gases anestésicos
Además de las estrategias clínicas (sustitución de agentes de alto GWP, uso de TIVA y la implementación de flujos bajos), han surgido distintas tecnologías diseñadas para capturar y retener gases anestésicos en el punto de emisión. La mayoría de estos sistemas utilizan adsorbentes como carbón activado o materiales porosos sintéticos que fijan moléculas de halogenados presentes en el gas exhalado antes que sean liberadas al ambiente[19].
Los estudios experimentales muestran que los materiales adsorbentes pueden retener grandes cantidades de anestésico en condiciones de laboratorio, sin embargo, la eficiencia real en condiciones clínicas es más modesta y depende críticamente del diseño del filtro, el flujo de gas fresco, la saturación del material y la fracción del anestésico disponible en el gas de salida[20].
Un estudio valoró la eficacia del dispositivo CONTRAfluran en pacientes sometidos a anestesia de bajo flujo. Se detectó que el dispositivo retuvo una media del 45% del sevoflurano administrado, con mayor captura durante la fase del lavado. Esto demuestra que a pesar de esta captura, más de la mitad del anestésico sigue liberándose en condiciones reales, probablemente por liberación residual del paciente, pérdidas en el circuito y el sistema de ventilación[21]. Por esto, las tecnologías de captura deben considerarse como un método complementario a las medidas ya consolidadas.
Experiencia chilena y estudios de casos
En el contexto chileno, se realizó un Estudio de Caso en el Hospital Hernán Henríquez Aravena, de Temuco, que comparó una técnica anestésica de “recuperación optimizada” (RO) con una práctica convencional en cirugía de revascularización miocárdica. Los resultados iniciales sugieren que las emisiones de GEI son menores en la técnica de RO con TIVA. Asimismo, el uso de sevoflurano, incluso en flujos bajos, mostró una diferencia relevante en emisiones de CO2e entre ambas técnicas[4].
Propuestas para una anestesia sostenible
El sector salud es responsable de entre el 4% y el 5% de las emisiones globales de GEI, lo que plantea la necesidad de adoptar políticas sostenibles a múltiples niveles[7]. En este contexto, diversas estrategias clínicas pueden contribuir a mitigar el impacto ambiental.
Conclusión
Los gases anestésicos halogenados y el óxido nitroso representan una fuente significativa de emisiones de gases de efecto invernadero dentro del sector salud, contribuyendo de manera notable a la huella de carbono hospitalaria. Aunque existen estrategias clínicas efectivas para reducir su impacto, como el uso de anestesia total intravenosa y la optimización de flujos bajos, la realidad es que el desflurano y otros agentes con alto potencial de calentamiento global siguen siendo utilizados, especialmente en países de ingresos medios y bajos, lo que limita los avances globales en esta materia.
Las tecnologías emergentes de captura y recaptura de gases anestésicos ofrecen soluciones complementarias prometedoras para mitigar emisiones, pero requieren mayor validación clínica y evaluación de viabilidad en entornos reales. En el contexto chileno, aún existe un amplio margen para incorporar prácticas y políticas de anestesia sostenible, apoyadas en la educación, la regulación y la cooperación multisectorial.
Por último, avanzar hacia una anestesia más sostenible es una responsabilidad compartida que implica cambios en las prácticas clínicas, el diseño de políticas públicas y la transformación cultural en los equipos de salud. Solo a través de un abordaje integral será posible minimizar el impacto ambiental sin comprometer la seguridad y calidad de la atención al paciente.
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